Estaba hoy revisando el archivo.
Grata y dura sorpresa fue encontrarme con este particular escrito.
El mismo, recuerdo haberlo escrito a mis dieciocho años. No más.
Al leerlo, cierto brote de amargura resonó nuevamente.
El escrito no es de aquellos que me gusten dentro de mis humildes redacciones.
Cierta vergüenza me provoca mostrarlo.
Pero lo vi tan sincero, sentido, sufrido.
Disculpen la pobre redacción, pero quizás hoy solamente pretenda mostrar un sentimiento y no pobres estructuras gramaticales.
Aquí las palabras del adolescente que fui…
Argentina
En la derecha, el poder y siempre el poder
En la izquierda, la pobreza y siempre la esperanza
En el centro, solo mentiras, en realidad no hay centro
En el estado, negocios y solo negocios
En los ejércitos, soberbia y exterminio
En las dictaduras, indulto y punto final
En las democracias, dicta blandas
En la guerra, el egoísmo de un estupido
En las iglesias, vista gorda, lujo y ortodoxia
En las veredas, mugre de papelitos
En la calle, tensión de lucha, todos contra todos
En el arrabal, una realidad olvidada, esquivada
En la estación, un pibito que trabaja
En el timbre de casa, una vos que pide
En los medios informantes, parcialidad
En la justicia, parcialidad
En los asesinos, impunidad
En el ladrón, impunidad
En el gobernante, impunidad
En la condena, perdón
En la coima, aceptación
En las obras sociales, ausencia
En la ancianidad, desamparo
En los hospitales, hacinamiento y desabastecimiento
En la policía, robo, corrupción, prostitucion y drogas
En el transito, libertinaje, tengo que llegar
En el restaurante, un tipo te mira por la ventana soñando tu plato
En la calle, un tipo te mata robando tu billetera
En la esquina, manifestación
En las cárceles, denigración
En los reformatorios, deformación
En las escuelas, faltan tizas y banquitos
En las escuelas, faltan tizas y banquitos
En las urnas, un descuido brutal
En la revolución, que se vayan todos
En el tiempo, vuelven todos
En el reclamo, oídos sordos
En la ley, flexibilización
En los impuestos, no hay plazos, no hay perdón
En el norte, sequedad y resignación
En el sur, te venden la montaña
En el campo, la tierra descuidada solo por ganancias
En los bosques, árboles indefensos por un vació legal
En los ríos, toda la basura de la población
En las fronteras, aduanas paralelas
En las fábricas, una huelga se paga con desocupación
En la vida, uno hace lo que puede
En los sueños, ya lo hacemos con prudencia
En nuestro deseo de justicia, rendición
En la pobreza, resentimiento
En la media clase, comodidad
En la alta clase, lujuria
En nuestra tierra, desigualdad
En nuestra tierra, desigualdad
En el amor, un consuelo…
Keke
martes 23 de febrero de 2010
domingo 14 de febrero de 2010
A lavar los Platos
En casi todas las ocasiones, eso de comprar instrumentos pareciera acontecimiento para privilegiados. Quiero decir que están bastante caros, al menos para mi gusto, mi bolsillo.
A continuación presentare una pequeña sonata de Piletas de Cocina.
Lugar en donde hemos sabido hacer buenas cosas simplemente con esas piletas y alguna modesta Criollita.
El ejecutante, en primera medida es un gran amigo de quien escribe, luego, un destacable percusionista.
Aquí un muestrita para comprender toda la música que se esconde en todo aquello que no tiene formas de instrumentos, pero que esta ahí, esta ahí…
Les presento a Rolo…
A continuación presentare una pequeña sonata de Piletas de Cocina.
Lugar en donde hemos sabido hacer buenas cosas simplemente con esas piletas y alguna modesta Criollita.
El ejecutante, en primera medida es un gran amigo de quien escribe, luego, un destacable percusionista.
Aquí un muestrita para comprender toda la música que se esconde en todo aquello que no tiene formas de instrumentos, pero que esta ahí, esta ahí…
Les presento a Rolo…
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lunes 1 de febrero de 2010
Carta de Presentación
Me pareció sensato compartirlo con ustedes.
El escrito se titula “Noviembre”.
Son palabras que han sido escritas por la prudente pluma de uno de los tantos amigos que supe encontrar en Rosario. En este caso, Gonzalo.
De aquí en más, ya presentado, si quieren seguir leyendo sus escritos, podrán encontrarlos en www.baladiarte.blogspot.com. Tambien pueden ingresar por aqui, clicleando en nuestras recomendaciones de blogs que se encuentran, en este momento, a su derecha y por debajo.
Noviembre
La secuencia que relato terminó en el mismo instante en que decidí escribirla. Tal vez su ruido, por miedo mismo a que no perdure, me mueve a hacerlo. Es un suceso a juzgar baladí, que tal vez tenga que ser rescrito en diez, quince o veinte años, para que la memoria lo decore y le de el tinte fantástico y pictórico que llena de matices a un recuerdo juvenil.
El objetivo es claro, este suceso, hoy, no tiene consecuencias.
Un fin de semana de retiro al pueblo no puede más que deparar situaciones donde uno se encuentra consigo mismo repetido, repetido en todos, en boca de todos. Rompe lo cotidiano la misma calma que describe al campo, a lo verde, a las casas planas tímidas de ocultar el horizonte.
Llegar a la casa de la infancia donde el tiempo modificó los muebles, y la suerte, por suerte, no modifico lo humano, es llegar allí donde uno es bienvenido, donde uno por largas horas no puede pensar nada nuevo más que en recordar los sucesos de su ausencia.
El tiempo en la ciudad no es el tiempo de los pueblos. La noche sustituyo la pesadez del día y el manto de silencio y humedad se apodero de todos los rincones. Los habituados a madrugar ocuparon sus piezas, los que tenemos a la noche como compañera nos aliamos a ella.
Los recursos eran escasos en el pueblo, los amigos comparten ya otros gustos, los cigarros no dieron el presente y el café intomable hervía por fuera de la hornalla. De los libros a mano me atrajo el código civil y sus conceptos, Borges con sus deliciosos ensayos y alguna que otra enciclopedia propensa a llenar de dudas.
Hojeadas ya las páginas opte por lo global, y por momento poco efectivo, de la comunicación virtual. Visite lugares que me hablaron de Picasso, de Shakespeare, de Schopenhauer, de Coleridge.
El fresco aire del ventilador golpeaba cada vez mas duro en mis cansados hombros, los ojos ya retraídos en mi rostro pedían clemencia y a no ser por su encuentro, el final de mi día se presentaba incuestionable.
Me vibraron los huesos con el primer saludo. La situación generaba ruido no más por intensa que por repentina; solo hacia unas horas que me había propuesto encontrarla.
No recuerdo exactamente los primeros intercambios, pero aseguro que mi verborragia y mi curiosidad atestaban el diálogo.
Sin poder calmar mi genio, y divertido por ello, hurgué sobre sus gustos. Me apasionaba la concordancia, la sensatez y el hecho mismo de que ella ignorara mis facciones y mis ademanes.
Su imagen danzaba con su semblante que tan pocas veces, por infortunio, había visto y del que recuerdo sus rasgos principales y no el detalle de su particularidad; continuábamos la conversación.
Me dio su opinión sobre los medios, yo asentía; citamos a Rimbaud y Cortazar y Saramago y Poe, me regalo a Dolina, le respondí con Galeano y Benedetti.
Me narró algunas cosas, habrá ocultado algunas otras; le oculte algunas cosas, le referí varias otras.
Todo sucedía en un ambiente donde podía escuchar el arte, donde el quieto esqueleto se regocija de las caricias de lo innominado; momento y lugar donde la mirada no hace foco y las figuras se confunden con su fondo. La charla proseguía y yo no quería dejar grieta alguna por donde se filtrara un saludo y la posterior huida; habré dicho tantas cosas.
Por momentos la tormenta, que se había hospedado unos días en el pueblo, le sacaba sombra a los objetos, al rato el sonido tardío del trueno erizaba la piel y gustaba. Toda tranquilidad conlleva un hastío.
Me preguntó como era mi pueblo, le conté de sus habitantes, me respondió con anécdotas y particularidades risueñas. Jugueteamos con sucesos trágicos, hasta nos reímos de ellos, ya, creo, funcionaban de anécdotas.
Le comente que me incomodaba saber que la charla tenia dificultades para repetirse, le pedí que no se asustara si cometía el exceso de concentrar todas las charlas posteriores en esta que sucedía.
El afuera parecía caerse en pequeñas gotas, humectando la sedienta tierra de los campos por sembrar. La tormenta era tan propicia y ella tan justa y discreta que jugué imaginando una estrategia; estaban presentes esas cosas que hacen juzgar a lo bueno increíble.
Hice preguntas y por mas que ella no me veía yo fingía la vergüenza. Me contuve, mordí, apreté y no lo evité, hice propuestas. Las respuestas no gustaron solo por positivas, sino porque no trabaron la charla, ese era mi principal miedo.
Con la sonrisa verdadera, la sonrisa de algo que gusta, esa sonrisa que en un momento uno descubre en su rostro, se termino la conversación de repente; habiendo, pienso y quiero, tanto por hablar.
El silencio se apodero de mí, de la única parte a la que la muerte de la noche no le había confiscado el aliento. A los pocos segundos se desato la tormenta, su furia retenida, y hasta sentí que se disculpaba por no haber aguantado hasta mi final.
En cuanto a ella, le hice llegar un mensaje donde se leía:
“… Olvide de comentarte que otra característica de mi pueblo es que la luz se corta con los primeros amagues de la tormenta…”
El escrito se titula “Noviembre”.
Son palabras que han sido escritas por la prudente pluma de uno de los tantos amigos que supe encontrar en Rosario. En este caso, Gonzalo.
De aquí en más, ya presentado, si quieren seguir leyendo sus escritos, podrán encontrarlos en www.baladiarte.blogspot.com. Tambien pueden ingresar por aqui, clicleando en nuestras recomendaciones de blogs que se encuentran, en este momento, a su derecha y por debajo.
Noviembre
La secuencia que relato terminó en el mismo instante en que decidí escribirla. Tal vez su ruido, por miedo mismo a que no perdure, me mueve a hacerlo. Es un suceso a juzgar baladí, que tal vez tenga que ser rescrito en diez, quince o veinte años, para que la memoria lo decore y le de el tinte fantástico y pictórico que llena de matices a un recuerdo juvenil.
El objetivo es claro, este suceso, hoy, no tiene consecuencias.
Un fin de semana de retiro al pueblo no puede más que deparar situaciones donde uno se encuentra consigo mismo repetido, repetido en todos, en boca de todos. Rompe lo cotidiano la misma calma que describe al campo, a lo verde, a las casas planas tímidas de ocultar el horizonte.
Llegar a la casa de la infancia donde el tiempo modificó los muebles, y la suerte, por suerte, no modifico lo humano, es llegar allí donde uno es bienvenido, donde uno por largas horas no puede pensar nada nuevo más que en recordar los sucesos de su ausencia.
El tiempo en la ciudad no es el tiempo de los pueblos. La noche sustituyo la pesadez del día y el manto de silencio y humedad se apodero de todos los rincones. Los habituados a madrugar ocuparon sus piezas, los que tenemos a la noche como compañera nos aliamos a ella.
Los recursos eran escasos en el pueblo, los amigos comparten ya otros gustos, los cigarros no dieron el presente y el café intomable hervía por fuera de la hornalla. De los libros a mano me atrajo el código civil y sus conceptos, Borges con sus deliciosos ensayos y alguna que otra enciclopedia propensa a llenar de dudas.
Hojeadas ya las páginas opte por lo global, y por momento poco efectivo, de la comunicación virtual. Visite lugares que me hablaron de Picasso, de Shakespeare, de Schopenhauer, de Coleridge.
El fresco aire del ventilador golpeaba cada vez mas duro en mis cansados hombros, los ojos ya retraídos en mi rostro pedían clemencia y a no ser por su encuentro, el final de mi día se presentaba incuestionable.
Me vibraron los huesos con el primer saludo. La situación generaba ruido no más por intensa que por repentina; solo hacia unas horas que me había propuesto encontrarla.
No recuerdo exactamente los primeros intercambios, pero aseguro que mi verborragia y mi curiosidad atestaban el diálogo.
Sin poder calmar mi genio, y divertido por ello, hurgué sobre sus gustos. Me apasionaba la concordancia, la sensatez y el hecho mismo de que ella ignorara mis facciones y mis ademanes.
Su imagen danzaba con su semblante que tan pocas veces, por infortunio, había visto y del que recuerdo sus rasgos principales y no el detalle de su particularidad; continuábamos la conversación.
Me dio su opinión sobre los medios, yo asentía; citamos a Rimbaud y Cortazar y Saramago y Poe, me regalo a Dolina, le respondí con Galeano y Benedetti.
Me narró algunas cosas, habrá ocultado algunas otras; le oculte algunas cosas, le referí varias otras.
Todo sucedía en un ambiente donde podía escuchar el arte, donde el quieto esqueleto se regocija de las caricias de lo innominado; momento y lugar donde la mirada no hace foco y las figuras se confunden con su fondo. La charla proseguía y yo no quería dejar grieta alguna por donde se filtrara un saludo y la posterior huida; habré dicho tantas cosas.
Por momentos la tormenta, que se había hospedado unos días en el pueblo, le sacaba sombra a los objetos, al rato el sonido tardío del trueno erizaba la piel y gustaba. Toda tranquilidad conlleva un hastío.
Me preguntó como era mi pueblo, le conté de sus habitantes, me respondió con anécdotas y particularidades risueñas. Jugueteamos con sucesos trágicos, hasta nos reímos de ellos, ya, creo, funcionaban de anécdotas.
Le comente que me incomodaba saber que la charla tenia dificultades para repetirse, le pedí que no se asustara si cometía el exceso de concentrar todas las charlas posteriores en esta que sucedía.
El afuera parecía caerse en pequeñas gotas, humectando la sedienta tierra de los campos por sembrar. La tormenta era tan propicia y ella tan justa y discreta que jugué imaginando una estrategia; estaban presentes esas cosas que hacen juzgar a lo bueno increíble.
Hice preguntas y por mas que ella no me veía yo fingía la vergüenza. Me contuve, mordí, apreté y no lo evité, hice propuestas. Las respuestas no gustaron solo por positivas, sino porque no trabaron la charla, ese era mi principal miedo.
Con la sonrisa verdadera, la sonrisa de algo que gusta, esa sonrisa que en un momento uno descubre en su rostro, se termino la conversación de repente; habiendo, pienso y quiero, tanto por hablar.
El silencio se apodero de mí, de la única parte a la que la muerte de la noche no le había confiscado el aliento. A los pocos segundos se desato la tormenta, su furia retenida, y hasta sentí que se disculpaba por no haber aguantado hasta mi final.
En cuanto a ella, le hice llegar un mensaje donde se leía:
“… Olvide de comentarte que otra característica de mi pueblo es que la luz se corta con los primeros amagues de la tormenta…”
Publicado por Keke
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