lA veces y siempre es necesario apartarse de toda idiotez que nos circunda. Es necesario valorar aquello que parece tan ajeno y lejano, pero que esta ahí, siempre esta, y estará.
Para que sepamos algo más de él. Que será saber de nosotros.
Hace poco tiempo, en mi ultimo viaje a Colón, volví a pisar una vereda de esas que uno conoce bien, al dedillo, las suyas, las del barrio. Una vereda especial. La veredita de la vuelta.
Su recuerdo en mi memoria es latente, no hay espacio para olvidar ni una sola de sus baldosas, ni uno solo de sus dibujos. Ni una sola de sus historias que en este caso, atrapan a una muy especial.
Recuerdo, caminar en ella, y siempre, llegando al final de su cuadra, una señora, un señor, un mate y dos miradas emotivamente particulares.
El rumor, el almacén, mis padres, mi abuela, o quien sea, ya de niño me habían contado quien era él, quienes eran ellos. Eran sus padres.
Los padres de esa historia que yo sabia, y que tuve siempre tan presente, aunque veinte años tardé simplemente para conocer su nombre. Pero el nombre no importaba, o no me importaba, el nominalismo era una anécdota. Me bastaba con tener conciencia de lo que en mi barrio y tu pueblo sucedía.
Con los años, supe entender, que a no mas de 200 metros de mi casa, había vivido un Héroe, nuestro, propio, el que verdaderamente pago con su vida, el ideal de los colores.
Colores que en aquellos años, habían sido comandados, simplemente por un idiota, alguien que en la soberbia de una borrachera, decidió que este país entraría en guerra.
Entonces fue por la aberrante omnipotencia de un dictador que los jóvenes argentinos partían a Malvinas.
Y aquellos jóvenes morían. Y yo nacía y crecía. Y los años pasaban. Y ahora lo sabía. Y el barrio ya no era igual, y la casita de sus padres tampoco. Yo pasaba, como todos los días, simplemente les miraba sus ojos, que fueron siempre raros, con formas de orgullo con un manto de dolor.
Siempre los miraba. Sin decir nada. Profesando un silencioso y admirable respeto. En silencio. Como hasta hoy.
El silencio quizás fue una manera de no agradecer al Héroe, como a sus padres, todo lo que en realidad les debemos, que simplemente es, respeto, misericordia, pero por sobre todo, memoria, memoria y mas memoria…
Hoy encuentro al menos una forma, y es acá en donde decido sublimar parte de la deuda que tenemos con estos chicos. Aunque nunca podamos terminar de pagar lo que dieron por nosotros. Un bien sin etiqueta, sin precio, sus propias vidas.
Quería hablar de este soldado de nuestra Paz, porque en este país, esa idiotez que en las primeras líneas mencioné, hoy ya casi parece modo de vida. Nos estamos olvidando de todo y de todos.
La desidia moral ya es natural, y el olvido su hijo predilecto.
Y en pos de no contribuir a ello, hoy traigo a este espacio a esta persona, que se fue, por nosotros.
Que camino los mismos lugares, que calmo su calor en las mismas playas, que trepo los mismos árboles, que metió goles en los mismos baldíos, que fue tan colonense como todos.
Y que la vida y lo inexplicable del destino, decidieron que ese mismo chico, tan común como vos, dejaría la vida y el pueblo de la forma más heroica que se pueda concebir.
Él nos otorgo su vida, y depende de nosotros conservarla.
Es tu decisión, que viva en vos.
Es tu decisión, que viva en vos.
Hoy traigo a este espacio este relato apartado de cualquier aniversario, porque es ahí en donde debe vivir la memoria.
Hoy traigo este relato porque quizás, con esta humilde publicación, alguien más sepa de este Héroe local.
Hoy traigo este relato, para que sepas, que en esas veredas, en tu propia vereda, en las veredas de nuestro pueblo, las que siempre pisas, las huellas de este chico, grabadas están.
Para que no pase más…
Para que nuestros soldados sigan vivos en nuestras vidas…
Para que los vivos sean venerados y no tengan que sanar, vendiendo broches y bolsas en su siguiente guerra, que es el olvido y despojo de su propio pueblo, que no para de enfermar…
Para compartirlo con todos ustedes.
Simplemente me despido ya no con mis modestas y agradecidas palabras, sino con las suyas, las de un Héroe que es de todos y que en alguna de sus cartas, escribía lo siguiente, con impecable grandeza:
“Quédense todos tranquilos que el soldado Araujo monta guardia por la Argentina (La de Todos), prospera y soberana y que es fiel a su Juramento”.
Ezequiel Pairone
A la memoria de Elvio Eduardo Araujo Penón nacido en Colón el 2 de septiembre de 1962. Caído en Malvinas.
A sus padres.
A su hermana.
Y por supuesto nuevamente a Elvio…
Nuestro Honor y Gratitud desde El Llano en Llantas…
“Quédense todos tranquilos que el soldado Araujo monta guardia por la Argentina (La de Todos), prospera y soberana y que es fiel a su Juramento”.